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miércoles, septiembre 13, 2006

Dado vuelta

Hizo girar la llave en la puerta, pero no fue la llave la que giró, sino la puerta. En realidad, la casa entera, porque cuando entró advirtió que el piso se había ido al techo y el techo al piso. Casi lo mata la lluvia de muebles; mesas y sillas cayendo al cielo raso. Esquivó los pedazos y casi tropezó con el ventilador de techo que asomaba como una enorme flor. Notó que había telarañas entre sus pétalos-aspas y pensó que al menos ahora podría limpiarlo sin vértigo, e incluso regarlo. Pero para qué, se dijo, si los ventiladores de techo no se marchitan. Se dirigió a su habitación. El colchón había volado cerca de la puerta. Sin siquiera darlo vuelta se acostó y tironeó de las sábanas que habían quedado debajo para poder taparse. Durante horas permaneció con la vista fija en las baldosas sin lograr conciliar el sueño.

jueves, julio 13, 2006

Dicho y hecho

Tengo un palíndromo en la punta de la lengua. Mis apretados dientes, cual flotilla, lo circundan. Abro la boca para preguntarle:

Si las naves se van, ¿salís?


domingo, julio 09, 2006

Soy fácilmente influenciable

Un amigo me dijo: un palíndromo es una palabra o frase que se lee igual hacia adelante que hacia atrás.

Se lo creí, mareada. Era miércoles.


viernes, julio 07, 2006

El sueño de María Grulla

Minutos antes de partir en su primer viaje hacia el sur, María Grulla ya se sentía agotada. Había dejado el asunto de los trámites para último momento, por lo que había pasado los días previos volando de acá para allá, entre papeles, sellos y firmas certificadas: del correo al consulado, de la Dirección de Migraciones a la fotocopiadora, de la fotocopiadora al consulado y de vuelta al correo.
Al momento de gestionar la visa, tuvo que completar los formularios decenas de veces, pues en el apuro, su inexperiencia juvenil le hacía confundir todas las categorías, y terminaba mareada preguntándose si su especie era de las que migraban transitoria, temporaria o permanentemente.
Por suerte, había llegado a resolver todo y tenía sus documentos listos y en orden. Ahora sólo quería dormirse una siestita antes de despegar. Pero era imposible: todas sus hermanas mayores estaban alborotadísimas y no paraban de mover el pico. Que en cinco minutos salimos. Que el pronóstico anuncia viento a favor. Que, por favor, no se le ocurra a ninguna desbandarse. Que sobrevolar el Pacífico da mucha paz. Que los animales que se ven en otras latitudes son rarísimos. Que dicen que hay una nueva especie de bípedo implume con pulgares oponibles que…
El momento había llegado: las hermanas que encabezaban la formación ya estaban en el aire. Las que estaban a su lado, seguían conversando sobre esos extraños seres, parecidos a los simios, pero más erguidos. María Grulla se había despabilado un poco, más por la curiosidad que le producía la charla que obligada por la inminente partida. Lo último que alcanzó a escuchar acerca de los australopinoséqué 
antes de desplegar sus alas fue “... se desplazan libremente”, y  entonces, con un suspiro profundo, remontó resignada el vuelo, deseando ser de esa flamante clase de bichos que vagaban por ahí sobre sus dos patas sin conocer en absoluto aún el significado de las fronteras.